3 dic 2010

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Ahí estás con tus ojos de diamante y tu sonrisa de miel. Me miras desde lejos y apenas me decís una o dos palabras, las mismas que pronunciaron ellos antes, las cotidianas, las esperables. Después de tanto extrañarte, tenerte tan cerca resulta extraño y te miro, te miro y te vuelvo a mirar para comprobar que sí, sos vos.

El Sol te moja la cara. Lo invade todo, cada rincón de tu cuerpo. Te veo más lindo, como si esta temporada de no verme, te hubiese hecho brillar más. Y quisiera tocarte, como lo hace el Sol, y quisiera invadir yo también, cada rincón de tu cuerpo.

Ahí estás con tu pelo desordenado, con tu sueño permanente. Sos más hermoso que el mar. Más inmenso y más hermoso que el mar.

Ahí estás y mis ojos no dejan de observarte, mi precioso tormento. Quisiera tomarte y llevarte lejos. Volvería al pasado y cambiaría todas esas cosas que nos llevaron al fracaso, al inminente fracaso, sólo por estar con vos de nuevo.

Ahí estás y el tiempo no me alcanza para mirarte. Quisiera guardar tu imagen y congelarla en mi retina, para que te quedes para siempre en mí. Pero más quisiera revivir esa flor marchita. Pero más quisiera que fueras mío.

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