14 mar 2010

Madrugada


Me tomas la mano, despacio, como calculando cada movimiento. Dejo caer mi mano, inerte, inmóvil, casi sin vida, sobre la tuya. Me miras a los ojos, no puedo sostenerte la mirada, es más fuerte que yo. Dudas un poco, se nota en tu tono de voz, pero al fin decís:
-Ey, ¿Qué pasa?
Nostalgia, eso para. Me gustaría decir eso, ir con la verdad pura. Pero no puedo y cambio mi respuesta por otra palabra que comienza con N: nada, te digo. Sé que no me crees, pero también vos sabés que cuando digo nada, es lo mismo que diga: no quiero hablar. Entonces, no insistís.
Me invade la nostalgia y no puedo sonreír. Me miras largamente y de pronto, entendés que esconde ese “nada”. Tengo la mirada perdida, estoy callada y vos me miras, me observas hasta que lo descubrís, al fin. El silencio se corta abruptamente, ahora escucho tu voz. Te observo.
-Ya sé que te pasa. A mí, no me mentís… tengo que decirte que me pasa lo mismo.
Algo aturdida y confusa, te digo al instante, casi sin pensarlo.
-No, no sabés que me pasa.
-Te conozco
-¿Y eso qué?
Silencio. No nos miramos. Nuestras manos cesaron el juego que las mantenía entretenidas. Ahora están inmóviles, como esperando algo, una sobre la otra.
De golpe, nos miramos a los ojos, profundamente y a la vez decimos:
-Nostalgia, eso pasa.

M.

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