26 abr 2011

Azul turquesa

Ella me mira y desde sus ojos claros, me inyecta una dosis de rencor concentrado. Apenas la veo, me concentro en el diseño de las baldosas o en las manchas de humedad de la pared. No quiero mirarla. Sé que mis ojos escupen mensajes, y no quiero darle ninguno. Ya fue suficiente con todas las palabras que le regalé en su momento. Ya no quiero decirle más.
Entonces, me guardo todo eso que pienso, lo que se cruza por mi mente cada vez que la veo sonriéndole con su fingida inocencia. Miente. Todo el tiempo. Y a todos.
No conoce límites. Puede hacer lo que sea por un poco de atención o por algo que ella quiere obtener. No piensa en nadie, ni siquiera en aquellos a quien llama amigos.
Miro las manchas de humedad de la pared, cuando siento una mano en mi hombro. Otra vez ella. Me aterra que me pregunte si me pasa algo. Creo que ya no tengo más para agregar, pero basta empezar a hablar para que el caos vuelva en cuestión de minutos. Me molesta que no entienda mis gestos, tan obvios para alguien que me conoce bien. La tensión invade cada átomo de mi pobre cuerpo. De golpe me pregunta: ¿Tenés hora? Le contesto como a un extraño que acaba de preguntarte lo mismo en la esquina de Catamarca y Luro, sin ninguna emoción, de una manera tan corriente que da asco. Me sonríe y vuelve a su lugar. Sé que no se animó, que venía a decirme otra cosa, lo veo en su gesto de fruncir el ceño en el camino de vuelta, lo veo en sus manos jugando nerviosas. Pero para ser francos, yo tampoco me hubiese animado a responderle.
Vuelvo mi mirada a las baldosas del piso, mientras ella clava sus ojos azules en su nueva presa.

No hay comentarios: