Ella no lo miraba. Podía sentir sus manos recorriendo su rostro con parsimonia. Podía sentirlas cuando cesaban el roce, cuando cambiaban su curso, cuando se acercaban a su boca. Podía sentirlas, pero no las miraba. Tampoco lo miraba a él que se detenía en su mirada perdida, en sus ojos de almendra que se perdían por el cristal.
Si lo miraba, quizás él podría notar el pánico, el infranqueable dolor que habitaba sus pupilas. Quizás podría notarlo. Entonces, ella no lo miraba. Ni a él ni a nadie, sólo miraba el parque frío, gris de tanto invierno que anunciaba su pronta llegada, mojado después de tanta agua caída del cielo.
El silencio era sepulcral y no había ningún ángel que les quitara las palabras, como hubiera sospechado Silvio. Tal vez era un fantasma, un regreso que adelanta la tormenta, el huracán. Quizás como el invierno, el fantasma también se anticipaba a ellos dos tocándose porque sí. O quizás sólo les demostraba que todavía seguía ahí, aunque ellos quisieran esconderlo entre besos torpes, y caricias blancas.
Ella lo veía con nitidez. Sólo ella veía a ese fantasma, que la sonreía tras al cristal. Y lo miraba, lo contemplaba como un total extraño. Aunque había aprendido a cargar con su cruz y con su luz, con su inagotable luz. El fantasma era tan suyo que a apenas podía pensarse sin él. Ella miraba al espectro mientras sus manos, las de él, seguían adentrándose en su sien, recorriéndola con ternura. Ella miraba al fantasma que le tiraba un beso con la boquita pintada, mientras él apretaba sus brazos como fuertes ramas a su cintura.
No hay comentarios:
Publicar un comentario