15 mar 2011

Bajo los cuerpos impávidos ante un designio que no cuestionan, la forma final que tal vez alguien supo desde el principio, flota un silencio liviano como violines de aire, un perfume de bálsamo que tiembla y se expande sobre el lecho de un río sin nombre.


Mi mano obedece a la señal oscura y se posa sobre tu rostro, como ave cansada que ha volado desde lejos, escapando del severo invierno. Entonces jugamos a dominar el vaivén de los calores inquietos, de los silencios húmedos, los ojos buscándose en otro tiempo como espejos de un mismo cristal incomprensible; los dedos resbalan sobre tu rostro dilatando recuerdos de armonías perdidas, de pasiones ocultas, como bolsas de pluma liberando los vientos dormidos. Comienzo a leerte de a trazos trémulos, en un lenguaje sin símbolos que las conciencias disimulan, un código íntimo entre tu rostro y mi palma, entre mi palma y mi sangre. La deslizo como si del tacto florecieran las rosas oscuras que nos guardó la noche.


-Mauricio Hankovits-

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