26 feb 2011

Mar adentro

Alentada por los allí presentes decidí dar el paso. Después de muchas dudas, después de evaluar los peligros y las ventajas, decidí que era hora de probar el mar. Mis pies se metieron, tímidos, en la inmensidad del azul turquesa y caminaron despacio, con miedo, y no volví a mirar la costa. No volví la mirada a esos ojos que me miraban atentos, a esos rostros que expectantes observaban mi caminar.

Tenía el agua hasta la cintura. Había probado el sabor del mar, ya era un poco suya y él era un poco mío, pero todavía le temía ¿Cómo no temerle si era inmenso y claro? ¿Cómo no temer si podía tragarme en cualquier momento y llevarme hacia el medio de su cuerpo? ¿Cómo no temer? ¿Cómo no dudar?

Tenía el agua hasta la cintura y sabía que del otro lado había un mundo nuevo, lleno de colores, lleno de angustias y de felicidades, un mundo desconocido. Un mundo por descubrir.

De pronto, volví mis ojos a la costa. Esa costa segura, ese remanso. Volví mis ojos a la costa y quise nadar de vuelta, quise volver. De pronto miré a la costa y alguien me sonrío desde allí. A pesar de la distancia, supe quién era. Llevaba nombre de mujer y siempre estaba triste. Esa sonrisa era sólo turista en su rostro. Me había acompañado en mis paseos por estas playas, le regalé una sonrisa y sin querer, logré que entrara de nuevo en mi vida.

Di vuelta el cuerpo y vi el mar inmenso. Volví a pensar en la gente del otro lado. Dudé.

¿Seguir nadando hasta encontrar nuevos mundos? ¿O voltear y volver a la costa? El miedo me paralizó. Dejé de sentir mis pies y mis brazos parecían congelados. Mi cuerpo flotaba a la deriva.

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