3 feb 2011

La última prosa

Ahora te escribo. Te escribo como si nunca lo hubiera hecho, como si todas esas puestas de Sol no hubieran dado a lugar a tantas palabras, a tantas cartas, a tantos te quieros, a tantos poemas.

Te escribo como si esta fuera la primera y la última vez. Como si tuviera miedo a perderte mañana, como si tuviera miedo a que te esfumaras después.

Y me decís que no podés verme, siempre la misma excusa. Y no puedo explicarte qué pasa por mi cabeza y no puedo contarte de mis nuevas metas y no puedo buscarme en tu sonrisa, cansada de no encontrarme. Mirarte la boca y ser consciente de que ya no me pertenece, que ya no es mía, y que pronto será de otra (si es que ya no lo es). Mirarte las manos y tener el recuerdo de haberlas tocado, de haberlas sentido acariciándome. Ser consciente de que perdí todo rastro de vos. Que ahora sos sólo palabras, palabras duras, palabras tan corrientes y tan normales que dan asco. Nunca nada especial. Siempre lo mismo, hace meses.

Siempre ese miedo a encontrarnos y tentarnos. Como si no pudiésemos controlar nuestros cuerpos. Vamos, somos grandes. Y vos sabés y yo sé que es imposible. Total y completamente imposible . Y yo sé que me lastimas. Y yo sé que tenés que crecer para que pueda pensar en la remota posibilidad de que vuelvas a pertenecerme, con tu sonrisa a cuestas y tu soledad concurrida. Y vos lo sabés. Vos sabés que tenés que crecer, que evolucionar pero te empecinas en ir para atrás y te chocas con las paredes. Y te agarras la cabeza, viendo que no podés salir de ese círculo y yo te miro desde lejos y quiero ayudarte pero no puedo. Nunca puedo.

Entonces, me canso de vos. Me canso de vos y de mí. De tu involución prolongada, del tiempo que no pasa, del Sol que se sigue escondiendo atrás de una nube peligrosa y enorme. Me canso de vos. Te miro de lejos, te propongo algo simple. El miedo te paraliza otra vez. Me canso de vos. Busco otros ojos en los que perderme, otra sonrisa que me cure, otras manos que me sostengan. Y vos seguís encerrando entre cuatro paredes, agarrándote la cabeza y haciéndote cada vez más chiquito. Te miro y no puedo ayudarte.

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