Te reías y me acerqué despacio. Tenía miedo, ¿sabés? Miedo a hacerte pedazos, miedo a hacerme pedazos. Caminamos. Hablé mucho. Mucho de verdad. Preguntaste, respondí. Pregunté y te tocó responder. A veces te miraba, otras prefería el barniz de la mesa o la servilleta de papel a la que destruí durante los primeros diez minutos. Vos siempre me mirabas con tus ojos llenos de luz.
Me dijiste que ojalá el tiempo nos volviera a cruzar en algún sitio perdido de la cuidad. Te regalé un silencio. Al fin un silencio después de tantas palabras. Te regalé un silencio y dudé.
Me pregunté a dónde me llevaría el viento ahora, de qué mar vendría el barco que arribe a mi bahía para quedarse. Cuál sería el destino de mis palabras.
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