Fue un segundo. Un segundo en el que sintió que sus pensamientos la arrojaban a otra parte, a otro sitio. Sintió que todo el mundo cambiaba en ese instante. Sintió que el minuto que pasaba en el reloj, era un minuto decisivo, transcendental. No pudo saber qué fue lo que produjo el cambio. Quizás fue un coctel, una suma de partes, un todo. O quizás sólo un pequeño factor, que actuó como la gota que derrama el vaso, que llena lo que viene acumulándose hace tiempo, que rebalsa el pasado.
Ajena, se sintió ajena. Sintió que todo lo suyo no le pertenecía. Sintió que las lágrimas que recorrían su rostro eran absurdas. Sintió que el dolor en su pecho era el dolor de otros.
Esa mirada, que hacía instantes le provocaba el mayor de los tormentos, que le apretaba el pecho, que no la dejaba respirar. Esa mirada que antes lo era todo, esa mirada parecía la mirada de un extraño. Ese ser al que ayer deseaba fervientemente, le parecía distante. Cuando lo miraba, veía en sus ojos a un ser distinto. No había vestigios de aquel que días antes le había dejado un par de lágrimas, una promesa y un adiós. No había rastros de aquel que la amaba en las tardes sin sol, que le devolvía la sonrisa con un roce de sus dedos. No había rastros de ese que la recorría en cuerpo y alma, mientras el tiempo parecía derretirse con las agujas de reloj. Ese era otro. Ese ser al que tantas palabras le había escrito, parecía esfumarse con las gotas de lluvia de la noche anterior. Ahora quedaba un extraño, que la miraba desde el fondo de la habitación, dubitativo.
Ella cerró los ojos. Algo la hacía pensar que el abrir los ojos la llevaría de vuelta a sí misma. Los apretó con fuerzas. Pero al abrirlos, se encontró, de nuevo, con esa imagen difusa. Con esos ojos negros que se clavaban en los suyos como flechas, que la observaban con firmeza. Los miró y no encontró vestigios de esa mirada dulce que podía hacerla volar, los miró y no vio nada.
El silencio lo invadía todo. En cada rincón de la habitación, escondido entre baúles de recuerdos y hojas mojadas, estaba su agobiante presencia. Ella se supo ajena a aquellos ojos negros que la miraban desde el fondo. Ajena a sí.
La habitación comenzaba a desdibujarse. Los muebles comenzaban a moverse, sin razón aparente. El piso temblaba, como si la Tierra se hubiese partido en dos.
Ella sintió que perdía la noción de sí misma. Que perdía la estabilidad en su cuerpo. Sintió como todo se volvía negro y fue entonces, cuando se abandonó.
No hay comentarios:
Publicar un comentario