23 jul 2010

Miro el reloj, una y otra vez. De repente, tu nombre se dibuja en la pantalla de ese aparato que yace en mi mesa de luz, la misma en donde quedaron tus llaves olvidadas aquel día, decís que estás en camino, que te espere un poco más. Ya no sé que hacer para que el tiempo pase más rápido, voy y vengo, sin sentido alguno. Pienso en que te extraño, extraño tu sonrisa, tus mirada, tu pelo, tus besos, tus abrazos, tu mano tomando la mía. Extraño todo de vos.
Tomo el teléfono y disco el número que sé de memoria, para escuchar otra vez esa voz alterada que relata momentos, días, situaciones como una máquina, sin cesar, sin cortar un segundo ni siquiera para suspirar. Una voz familiar, una voz amiga. Ella que da vueltas a los asuntos como una calesita, sin darse jamás por vencido, sin decidirse a poner el punto final a aquella historia, a aquel amor. Ella me recuerda un poco a mí en el pasado, cuando las esperanzas eran nulas y aún así yo no me daba por vencida. Busco el teléfono, y disco ese número que sé de memoria, más para hacer tiempo que para otra cosa. Mientras ella habla sin cesar, miro por la ventana, busco que tu imagen se torne real, que aparezcas de pronto con tu sonrisa a cuestas.
Ella corta abruptamente la conversación, y me vuelvo a sumir en la inquietante espera. Camino de acá a allá, repaso las habitaciones para comprobar si todo está medianamente ordenado.
Por fin, suena el timbre. Busco la llave, abro y me regalas una sonrisa. Te beso despacio, y en ese beso siento que te doy todo el amor que acumulé estos días en los que te estuve extrañando, en los que te estuve buscando sin poder encontrarte. Volvés a sonreír y como cada vez que lo hacés, mi mundo se estremece.

3 comentarios:

Dana :) dijo...

Que tierno :3 jaja

Daiana dijo...

Muy lindo :')

Mica dijo...

Gracias a ambas :) Un beso grande.