Te miro, otra vez te miro. Tu semblante me perturba de tal manera, que no puedo ver nada más. Es como si el mundo dejara de girar por un segundo y sólo existieses vos y yo, observándote minuciosamente. No notas mi mirada, estás ocupado en otras cosas. No hay nada que me guste más que mirarte sin que te des cuenta. Tiene una magia especial. Podría decir que de todas las actividades existentes, esa es una de las que más me gusta, sólo comparable con el placer de escribir.
Te miro, como si te mirase por primera vez, te observo entero, despacio. De pronto, volvés tus ojos hacia mí. No puedo mantenerte ni un segundo la mirada, algo me impide hacerlo. Podés ponerle el nombre que quieras, pero no podemos permitirnos ese lujo, no puedo permitirme perderme, tengo que mantener mis sentidos alerta, mi cabeza necesita seguir dominando la situación, aunque sea por ahora. Se hace díficil, pero tengo que intentarlo. Miro al suelo, fijo, para no volver a encontrarme con esos ojos que ya son un poco míos, que son mi refugio, a veces, mi tormento, otras... pero nunca son una mirada más, no alcanzan ese grado de cotidianidad que tienen otros ojos, otras miradas. Nunca son uno más del paisaje, siempre se destacan y brillan entre la multitud.
Mientras suena esa canción que termina de sumergirme en otra dimensión, pienso mil cosas a la vez. De pronto, pasan como en una película todos los momentos vividos, todos esas sonrisas dulces, todas las tormentas, todos esos días en los que nos perdiamos en algún lugar mientras el Sol caía. Si bien se me dibuja una sonrisa al pensar en todos esos momentos tan hermosos, no puedo evitar que mi bendita amiga venga a visitarme otra vez.
De pronto, siento cómo me arrancan de mi mundo inventado. Deja de sonar esa música del cielo y sólo se escuchan los aplausos desordenados de la gente que me rodea. Todavía confundida, todavía algo melancolica, me sumo a esos aplausos bien merecidos y entonces, te miro, otra vez te miro.
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